domingo, 11 de marzo de 2012

#01. Mi vida ha cambiado.

Presiento que hoy es uno de esos días en los que parece que todo te va a salir bien. Esos días que no tenemos a menudo, pero que, sin embargo, deseamos tenerlos siempre. Un día que te va a hacer sonreír. Días en los que si llueve no te molesta. Días en los que no te importa nada, sólo tú. Tu felicidad y lo que sientes.

Abro lentamente los ojos, no entra mucha luz por la ventana, sonrío y miro al horizonte. Montañas verdes con pequeñas casas alrededor, auténticos paraísos naturales, de esos que tanto gustan a la gente residente en grandes núcleos urbanos. Me incorporo en la cama y apoyo la espalda en el cabecero de ésta, observando atentamente mi móvil, por si tengo una llamada o algo, aunque lo que realmente me importa es la hora que es. Las 10.23, advierte. Buah, todavía es pronto. Me siento en el borde del colchón y me coloco mis zapatillas, bien cómodas, para andar por mi casa, hasta que me duche. Camino feliz hasta el salón, donde se encuentra toda mi familia, esperándome para desayunar. Sonrío y saludo a todos. Este fin de semana lo pasé con ellos, después de mucho tiempo.

- Buenos días, Daniel - dijo mi madre - ¿Lo de siempre para desayunar?
- Lo de siempre mamá, lo de siempre - sonreí
- ¿Cómo se presenta el día? - preguntó mi padre
- Muy bien papá, presiento que hoy va a cambiar mi vida.
- Esperemos que así sea, hermanito - dijo mi hermano Nacho, terminando de comerse una magdalena y yéndose.

Me senté en el sitio que mi hermano había dejado libre mientras esperaba a que mi madre dejara el vaso de leche caliente en la mesa. Cogí una magdalena, le quité el papel y comencé a mordisquearla lentamente, describiendo cada sabor de aquél bollo casero. Me encantaban esas magdalenas. Cuando mi madre me hubo puesto el vaso, me lo bebí de un trago, y sonriente, caminé hacia el aseo para ducharme, no sin antes pasar por mi habitación para coger ropa de la maleta que me había traído desde Madrid a León.

Me duché con agua caliente, disfrutando de aquél momento de intimidad en el que nadie me molestaría, mientras pensaba en antiguos compañeros de trabajo. Los primeros que recordé fueron los de 'Estas No Son Las Noticias'. Claro, me dije a mí mismo, el programa acabó hace un año, son los más recientes. Exacto, lo más recientes y también los mejores. Todos me caían especialmente, y además había empezado una gira con alguno de ellos, por lo que los veía casi siempre, pero a Anna la echaba de menos. Anna... casi todos los días hablábamos, pero cuando dejó de emitirse el programa, perdimos el contacto. Y eso no me gustó nada, pues se había convertido en mi mejor amiga, y había comenzado a sentir cosas por ella, pero mis amigos me decían que sólo me había utilizado... a lo que yo no decía ni que sí ni que no.

Salí de la ducha, me sequé, me vestí y miré de nuevo el móvil. Un mensaje nuevo, advertía la pantalla. Lo miré detenidamente sentado en el filo de mi cama, procurando no arrugar las sábanas.

"Te mando este SMS para decirte que me llames cuando puedas, es importante, Flo"

¿Flo?, pensé. ¿Quién es Flo? Intenté averiguar de quién se podría tratar pero nada, no lo conseguí, hasta que al final, me decidí a llamar.

- ¿Sí? - contestó una voz al otro lado del teléfono
- Tenía un SMS de usted, pidiéndome que le llamara.
- Su nombre, por favor.
- Daniel Martínez.
- Ah, sí. ¿Dani Martínez no? De "Estas No Son Las Noticias"
- Sí, soy yo, ¿ha pasado algo?
- Tranquilo. Bueno, yo soy Florentino Fernández, supongo que me conocerás.
- ¿Qué? Pues claro que te conozco, eres mi ídolo. ¿Y qué querías?
- Tengo en mente un nuevo proyecto de humor, un programa televisivo. De sobremesa.
- Me encantaría participar.
- Pásate por aquí el lunes de la semana que viene. Calle Alcalá 518, Madrid.
- Claro, hasta luego.

Colgué, muy feliz, y tiré el móvil contra la cama. Salí corriendo hacia el salón, no sin antes tropezarme con la pata de la cama, y abracé a mis padres y hermano muy feliz.

- ¿Qué pasa, Daniel? - preguntó mi madre
- Pues veréis, me han propuesto un programa televisivo de humor...
- ¿Sí? - dijo mi padre - ¿Y con quién?
- Pues... me ha llamado Florentino Fernández.
- ¡Qué bien, hermanito! ¿Y qué vas a hacer?
- Aceptar, por supuesto. Desde luego, hoy mi vida ha cambiado, a mejor.

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