domingo, 11 de marzo de 2012

#09. Mamá.

Pasaron tres días desde que Danielito ingresó en el hospital. No me había movido de ahí en todo el tiempo, y Anna también venía la mayor parte del tiempo. Algunos médicos la llegaron a confundir como la madre del niño, y ella no hacía más que desmentirlo. Mis padres y los padres de Espe, la madre del niño y persona a la que seguía queriendo, vinieron los dos últimos días, pues no habíamos dejado de hablar en el tiempo que había pasado desde que ella murió. El pequeño tampoco quería que me separara de él, y era normal. Por la mañana de aquel jueves, pasaron a darle el alta al pequeño, y Anna estaba con nosotros.

- Buenos días, vengo a dar el alta a Daniel Martínez Pineda
- ¿Ya nos vamos a casa, papá?
- Sí, hijo, sí - dije sonriente - Ya te has puesto bueno
- ¡Bien! - gritó sonriente

Le vestí mientras la enfermera rellenaba los papeles requeridos y Anna me observaba fijamente. Cuando acabé de cambiarle de ropa, le cogí el brazos y fuimos hasta el coche. Ahí, le monté en su sillita, pero antes de cerrar la puerta, me hizo quedarme un rato con él.

- Papá...
- Dime hijo
- ¿Se va a venir Anna para siempre con nosotros?
- No chiquitín, Anna se queda unos días, pero luego se va
- Entonces... ¿no va a ser mi mamá?
- No hijo...
- Bueno, no pasa nada, te tengo a ti, papá.

Sonreí y le di un besito cariñoso en la frente, y después él me dio uno en la mejilla. Le puse bien el cinturón y me monté en mi sitio para conducir. Anna estaba tranquila mirando por la ventana, aquel día habíamos hablado especialmente poco, y no sabía el por qué de esa amarga situación.

Tres cuartos de hora después, llegué a mi casa. El niño se había dormido en el trayecto, y Anna y yo habíamos mantenido una pequeña conversación de medio minuto. Nos bajamos del coche, cogí al pequeño en brazos para no despertarlo y Anna se ofreció a coger el bolso con las cosas del hospital. Subimos hasta mi casa en silencio. Abrió la puerta, pasé al salón y dejé al pequeño en el sofá, tapándole después con una manta, pues hacía fresquito para él. Me quedé un buen rato observándole mientras le acariciaba la carita, tenía un gran parecido a su madre.

Poco después, hice pechugas de pollo rebozadas en puré de patatas para cenar. Desperté al pequeñajo para comer.

- Daniel... chiquitín... - susurré moviéndole suavemente
- Mmm... papá...
- Venga, que hay que comer.

Se despertó, se puso en pie en el sofá y me abrazó, queriendo que le cogiera en brazos. Así lo hice y fuimos hacia la cocina donde, en un sitio, tenía preparado su plato de comida, ya cortado en pequeños trozos, para dárselo.

- Mi comida favorita - exclamó sonriente el pequeño
- Sí, te la tienes que comer bien, eh?
- Claro - sonrió

Cogí su tenedor y empecé a darle la comida cachito a cachito, mientras Anna nos miraba sonriente. Hubo un segundo que me fijé en su mirada, y me volví a ver reflejado en ella. Sonreí y seguí dándole la comida al pequeño, que dijo una cosa que me impactó un poco.

- Papi, ésta la vamos a hacer para que Anna sea mi nueva mamá, ¿vale?
- Pero Anna se tiene que ir a su ciudad...
- Cuando venga a Madrid

Sonreí y seguí dándole la comida. Cuando acabé, se fue a jugar al salón y Anna y yo nos quedamos comiendo, hablando sobre temas absurdos sin importancia alguna. Me apetecía preguntarle sobre su vida en Miami, cómo le iba y en qué trabajaba, pero nunca veía el momento adecuado. Acabamos de comer y nos pusimos a recoger la mesa y a fregar los platos juntos, sin ninguna risa tonta de ésas que nos echábamos antes. Después, fuimos al salón.

- ¿Qué tal si vemos una película? - me preguntó
- Está bien

Eligió Nothing Hill, la película favorita de ambos. Nos sentamos en el sofá, muy juntos. Según iba pasando la película, ella se apoyó en mi hombro y se quedó dormida, tapada con la manta que había usado antes mi hijo. El pequeño salió de su habitación y se acercó a nosotros.

- Así parece que está mamá aquí...
- ¿Sí?
- Sí, con mamá también estabas así.

Señaló una foto encima del televisor, en la que aparecíamos la madre del niño y yo en esa misma posición, y no pude evitar que unas lágrimas rebeldes llenaran mis ojos, deseosas de salir, y, desgraciadamente, cumplieron su deseo.

- ¿Por qué lloras, papá?
- Porque yo también echo de menos a mamá
- Pero tú me dijiste que mamá nos veía desde el cielo...
- Claro, mamá nos ve siempre.
- ¿Y ahora estará feliz?
- Claro que estará feliz chiquitín, porque piensa en ti y en mí.
- Papá, pero yo quiero que Anna sea tu novia y sea mi nueva mamá...

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